by Profe Nelly Profe Nelly

Todos hemos experimentado el poder de una mirada. Muchos recordamos aquella frase que escuchábamos de niños: “Mi mamá me habla con la mirada”. Sin necesidad de palabras entendíamos perfectamente lo que quería decirnos. Quizás estamos perdiendo parte de esa capacidad cuando nos comunicamos a través de una pantalla.

Hay algo curioso en los seres humanos. Nuestros ojos tienen una característica poco común entre los primates: la parte blanca que rodea el iris se ve claramente. Gracias a ello podemos saber hacia dónde mira otra persona, seguir su atención e interpretar muchas de sus emociones.

Un bebé aprende observando los ojos de sus padres. Mira dónde ellos miran. Descubre el mundo siguiendo gestos, expresiones y reacciones. Así hemos aprendido a convivir durante miles de años. Pero cuando hablamos a través de una pantalla, gran parte de esa información desaparece. No vemos los ojos de la otra persona. No percibimos si sonríe, si se siente incómoda, si está triste o si nuestras palabras la han herido. Quedan las palabras, pero desaparecen muchas de las señales que nos ayudan a comprender al otro.

Quienes trabajamos en las aulas estamos viendo cómo aumentan los conflictos entre estudiantes a causa de conversaciones de WhatsApp, publicaciones en redes sociales o mensajes enviados impulsivamente. Muchos de estos conflictos comienzan con una broma o con una frase mal interpretada. Lo curioso es que probablemente muchos de estos conflictos nunca habrían ocurrido si la conversación hubiera sido cara a cara.

Cuando estamos frente a una persona solemos medir mejor nuestras palabras. Vemos inmediatamente su reacción. Percibimos si algo le ha molestado o si hemos cruzado un límite. Esa reacción actúa como un freno natural.

En los chats ese freno muchas veces desaparece.

Es más fácil burlarse cuando no vemos la tristeza del otro. Es más fácil responder con agresividad cuando no tenemos delante a la persona que recibirá nuestras palabras. Es más fácil olvidar que detrás de cada mensaje hay alguien que siente, interpreta y sufre igual que nosotros.

No se trata de culpar a la tecnología. Las redes sociales y las aplicaciones de mensajería han traído beneficios enormes. Nos permiten mantener contacto con familiares lejanos, compartir información y comunicarnos casi de inmediato. El problema aparece cuando la comunicación digital sustituye demasiadas veces a la comunicación humana.

Hoy incluso comenzamos a conversar con asistentes digitales capaces de responder preguntas, escribir textos o mantener diálogos extensos. Son herramientas útiles y seguramente tendrán cada vez más presencia en nuestras vidas. Pero ninguna tecnología puede reemplazar algo tan simple como mirar a otra persona mientras habla.

Quizás uno de los grandes desafíos de la educación actual no sea enseñar a usar la tecnología. Los niños aprenden eso con sorprendente facilidad. El verdadero desafío es enseñarles a seguir siendo empáticos cuando utilizan esa tecnología.

Padres y docentes tenemos una responsabilidad compartida. Necesitamos ayudar a nuestros hijos y estudiantes a comprender que las palabras escritas también tienen consecuencias. Que un comentario enviado desde la comodidad de una habitación puede provocar tristeza, vergüenza o angustia en otra persona.

Antes de enviar un mensaje conviene hacerse dos preguntas sencillas: ¿diría esto si la persona estuviera sentada frente a mí? ¿Se lo diría delante de todos? Parecen preguntas simples, pero podrían evitar muchos conflictos.

Tengamos siempre en cuenta que al otro lado de la pantalla no hay un perfil, un número de teléfono ni un nombre de usuario. Hay una persona.

 

Reflexiones desde el Colegio Amador
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